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martes, 16 de febrero de 2010

Bolívar, el Perú y Panamá

Juan José Vega



Acaba de conmemorarse un aniversario más del famoso congreso Anfictiónico de Panamá (1826); no abundaremos en el tema, sino más bien en la convocatoria a esa primera gran cita de Estados por Bolívar; cita dispuesta desde Lima, en circunstancias atrozmente negativas, para la causa de la Independencia Americana y particularmente para el mismo Libertador.
Viendo la fecha se entenderá mejor lo que aspiramos a remarcar. La convocatoria fue el 7 de diciembre de 1824. Bolívar se encontraba en la capital, luego de reconquistarla. Había tenido que dejar el Ejército Aliado en las serranías surandinas a causa de las intrigas del Vice- Presidente de la Gran Colombia, General Santander, personaje envidioso de la gloria bolivariana y ligado a esferas conservadoras que creían que la libertad de expresión era la única meta de la revolución emancipatoria; en otras palabras, en Bogotá los grandes propietarios –que controlaban el Congreso- le quitaron el mando militar gracolombiano en plena campaña contra el Virrey del Perú; no obstante el triunfo de Junín. Fue pues una puñalada por la espalda. Una verdadera traición disfrazada de ley con nombre propio. En Huancayo fue donde se informó Bolívar de la medida, de la cual poseía rumores en torno a su gestión. El entonces General Antonio José de Sucre y todos los oficiales estuvieron a punto de un motín en pro del Libertador, pero éste percibió que rechazar la ley sería dividir a los patriotas y optó por imponer la obediencia; sofocando los sentimientos iracundos de
sus seguidores y los de su propio pecho.
El Virrey aceleró la campaña, sabiendo a Bolívar apartado del mando militar (por esa razón el Libertador no habría de dirigir la batalla de Ayacucho). Pero tampoco tocaremos ahora este asunto sino el panorama de Lima. No podía ser peor. Desde que Bolívar llegó a Chancay, desde Huancayo para dirigirse a la capital empezaron las defecciones. Como lo ha contado Jorge Basadre, en libro difundido, uno de los primeros fue el Marqués Torre Tagle, flamante ex presidente del Perú, quien sin vacilar decidió dar su apoyo a Ramón
Rodil, el jefe militar español de los castillos del Real Felipe en el callao, inexpugnable fortaleza por entonces, siendo allí reconocido con todos los honores; también adoptaron idéntica posición el ex Vice-Presidente de la República, Aliaga, Conde de Lurigancho, así como una turbamulta de aristócratas limeños, numerosos diputados y más de cien oficiales que arrastraron consigo a batallones de tropas negras costeñas de la guarnición de Lima. El Estado Peruano – “el Perú Español” – virtualmente se había trasladado a los castillos y allí asumiría la posición más retrógrada, muy a la derecha inclusive del virrey, pues éste poseía algunas ideas liberales y constitucionalistas, al igual que la mayor parte de sus generales. Pero Bolívar confiaba en el otro Perú. Así, con el Libertador entraron a Lima el caudillo montonero coronel Francisco Vidal, “el primer soldado del Perú” (según definición de San Martín), y otro notable guerrillero, el igualmente temido fray Bruno Terreros (el “Fraile y coronel, líbreme Dios de él” de Ricardo Palma). Ambos comandaban sus propias partidas y los tres sabían – el libertador más que nadie – que los Húsares de Junín, otros cuerpos
peruanos y cuatro mil bravos montoneros más ayudaban al lugarteniente de Bolívar, Sucre, en la difícil campaña andina; el cusqueño Marcelino Carreño en primera línea.
Y con el amparo de hombres como Hipólito Unanue y J. F. Sánchez Carrión, Bolívar convocaría al Congreso de Panamá, contra Fernando VII y la Santa Alianza que había restablecido la verticalidad en Madrid. Pronto las noticias de la victoria de Sucre en Ayacucho consolidaron en Lima la causa independentista.
Con el tiempo nacerían la OEA y el Pacto Andino, hijos póstumos dl libertador gestados en la reunión panameña.

 CONVOCATORIA DEL CONGRESO DE PANAMÁ

TRATADO DE UNIÓN, LIGA Y CONFEDERACIÓN PERPETUA
Congreso de Panamá. Elaborado y aprobado por la Asamblea Americana del Congreso
de Panamá, del 22/6 al 5/7 de 1826.

Bolívar y Ayacucho: El espíritu de la libertad

Juan José Vega

Bolívar organizó y ejecutó la Campaña de Ayacucho. Sin su obra, la victoria del 9 de diciembre habría sido imposible. Es por eso injusto que él no figure en el Monumento de la Pampa de la Quinua erigido en 1974. Tampoco está allí el cuzqueño Marcelino Carreño, Coronel de Montoneras asimilado al Ejército Peruano, quien fue el oficial americano de más alta graduación caído en esos días de lucha por la Independencia de
América.
El Libertador Simón Bolívar fue quien ganó la Campaña de Ayacucho así como había ganado la de Junín.
En los días tremendos de la organización de esas victorias decisivas lo acompañaba como jefe del Perú liberado el huamachuquino, José Faustino Sánchez Carrión, uno de los más puros patriotas de América.
Fue por decisión de Bolívar que el Ejército Patriota avanzó resueltamente hacia los Andes del Sur. Fue en virtud de sus disposiciones que los más valerosos y experimentados oficiales fueron puestos al frente de las unidades. Por su mandato directo se reorganizó el importante contingente de la costa norte del Perú y louego los antes despreciados montoneros quechuas andinos.

El educador, Bolívar y el milenio

Juan José Vega


En primer lugar, la multiplicidad de su genio: político triunfante, puesto que liberó territorios que ahora constituyen seis Repúblicas. Revolucionario, porque luchó a fondo por la supresión de la esclavitud y la liberación de la servidumbre (lo cual le ganó la oposición de los “Grandes del Perú”). Estadística, ya que por años se impuso a sus rivales. Doctrinario, puesto que quiso crear algo así como los estados Unidos de Sudamérica. Guerrero, pues venció en tantísimas batallas. Legislador, con varios códigos y una Constitución que fue integrante su obra Ensayista, con la Carta de Jamaica y otros memorable escritos sobre las clases dominantes en América. Sociólogo precursor, con sus interrogantes en torno a la identidad sudamericana. Periodista, por ejemplo con “El Peruano”, que aquí fundó y orientó. Ecuador, de pensamiento muy avanzado, para tratar de instruir y buscar la igualdad sin diferencias étnicas. Ecologista, con avizoras medidas protectoras de la vicuña, tendencia de la cual un eco son los tres reinos representados por él en el Escudo nacional. Visionario, soñando con una sociedad mejor y buscando vencer a la naturaleza, dado que deó la “locura” de abrir un canal en Panamá. Hasta fue filósofo a ratos, con pinceladas de humor negro. Y literato, en apasionadas epístolas de amor. Por último, llegó a iniciarse como historiador con la biografía de aquel a quien miraban como hijo y sucesor, el Mariscal de 29 años, Antonio José Sucre, asesinato vilmente en Berruecos; suceso que al Libertador, ya enfermo, lo acabó de matar.

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Bolívar en el Perú

Juan José Vega


En el Perú Bolívar es el segregado, el marginado, el olvidado. Gente existe que no quiere ni pronunciar su nombre. Debemos confesar que es un gran triunfo de nuestras oligarquías tradicionales. Lograron convertir en impuro el nombre del Libertador. No nos extraña el hecho. Fue contra los aristócratas criollos peruanos que él tuvo que culminar la empresa de liberar América y de paso hasta el propio Perú. Tal como se decía en Madrid, “en América el Perú era España”. Esa clase social –nuestra nobleza criolla- era el escudo y la espada de la monarquía imperial. Bien sabemos que el llamado Ejército Español de Ayacucho tenía una noventa y cinco por ciento de peruanos. Eran hombres levados a la fuerza en su enorme mayoría, indios y zambos, pero casi todos los oficiales y varios Generales eran nacidos aquí, criollos de pura cepa. Y criollo arequipeño fue nuestro último verdadero Virrey: Pío Tristán. No hay razón para deformar la Historia.
Respecto a la campaña contra Bolívar resulta oportuno recordar a nuestros dos primeros Jefes de Estado republicanos. Los Mariscales Riva Agüero y Torre Tagle. Los dos –tras haber dirigido al Perú- acabaron pasándose a los españoles, Torre Tagle, cobijado bajo la espada de Ramón Rodil en los Castillos de El Callao, llegó al extremo de proclamar al pie de las banderas de España “soy más godo que Fernando VII”.
Nunca le perdonaron estas actitudes. Dueños del país, los herederos de los marqueses coloniales unidos a nuevos grupos dominantes republicanos controlaron la educación y lo que se suele llamar cultura. Valiéndose de todos los medios arrinconaron otra vez al pueblo peruano y hundieron a Bolívar entre la calumnia, la difamación y el olvido oficial. Según estas versiones reaccionistas, aquel hombre genial, loado por los mayores espíritus de su tiempo. Humboldt por ejemplo, sólo había sido un personaje violento, dado a los placeres y, además, enemigo del Perú. Crearon la infamia de que Bolívar “nos había quitado Bolivia y
virtualmente Ecuador”, como si los territorios de esos dos países no hubiesen pasado a otros Virreynatos (Río de la Plata y Nueva Granada) más de medio siglo antes de la venida del Libertador a nuestro país y como si los nacidos en esos suelos no hubiesen manifestado durante las guerras separatistas su firme decisión autonomista. Más tarde, en abrumadoras votaciones, en el desarrollo de las sublevaciones independentistas así lo sostuvieron. En fin, nos engañaron. Nos negaron a Bolívar. Sencillamente era lo más cómodo para las
oligarquías de todo tipo. Cómodo porque hablar de Bolívar significaba y significa, necesariamente, hablar de la época de Bolívar y de sus contemporáneos.
Entonces que sucede claro que los descendientes de la aristocracia colonial escribieron la historia de sus antepasados, justificando una conducta aleve durante la independencia del Perú y de América (1808- 1826). Y tuvieron la habilidad de convertirla en la Historia Oficial de aquel convulsivo período. La verdad es que esa nobleza –salvo luminosas excepciones- era enemiga de la libertad. Un pequeño grupo respaldó a San Martín, mas al final lo abandonó. Toda la aristocracia alinaría luego contra Simón Bolívar, pero él aplastó tal resistencia en Junín y en Ayacucho y sobre él aplastó tal resistencia en Junín y en Ayacucho y sobre todo en el Real Felipe de El Callao, secundado siempre por los mejores peruanos.
Pero esos nobles tan nefastos recapturaron el Estado y se habrían de vengar calumniando sin tregua al Libertador (nos quitó Bolivia, etc). Esta función la cumplieron ciertos historiadores y, ¿cuándo no?, casi todos los encargados de la conducción política de la enseñanza en el país, a través de los programas escolares. Pero solamente consiguieron engañar a una parte de los peruanos. El resto de la peruanidad y el mundo adhieren a la memoria de quien, según la UNESCO, es el personaje del Milenio en América. Dejemos
paso a las opiniones de los grandes del mundo, que hemos hallado en nuestras lesturas, y que anhelamos recalcar.
Para mencionar sólo algunos de los grandes hombres de su tiempo que no vacilaron en cubrir de elogios a Bolívar tendríamos que contar a Humboldt, Goethe, al propio Simón Rodríquez, su maestro; y desde luego a Lord Byron, que pudo haber sido el libertador de Grecia.

El general y nuestro laberinto

Juan José Vega

El laberinto de la historia oficial criolla en torno al Libertador, envuelto siempre en las malévolas acusaciones que le arrojaron sus enemigos, los feudaloides de acá y reiteraron ciertos historiadores mal intencionados, emanados de aquella clase “dirigente” y sus adláteres. Continuamente, a lo largo de siglo y medio, le han arrojado más culpas y sombras, entre insinuaciones y silencios. De esta animadversión oficial no se exceptuó ni el bicentenario
de su nacimiento (1983). Virtualmente no se hizo nada, actitud dirigida “desde arriba”, a pesar de que cien países en el mundo conmemoraban el hecho, entre otras formas editando en más de treinta idiomas una parte de sus obras, entre ellas miles de cartas, casi todas de formidable contextura doctrinaria y política. O de amor.

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El destino trágico de los libertadores

Juan José Vega

La mayor parte de los libertadores del Perú murió en circunstancias penosas y aun trágicas, de mala muerte.
No aludimos a quienes cayeron altivamente en el campo de batalla, cumpliendo su destino; nos referimos, claro está, a los que parecieron después, doblegados por la perfidia, la ingratitud y hasta el crimen.
Muchas biografías nos conduelen. El temerario Necochano,, prócer herido en Junín, jefe de toda la caballería patriota, fue arrinconando, sujeto a miseria y vejaciones en la República y terminó cruzando a balazos por unos bandoleros negros en Miraflores, años más tarde. Guisse, el Almirante, acabó destrozado por un cañonazo en guerra fratricida, apenas consagrada la libertad de América. Morán, el de la marcha famosa, loado por el exigente Jorge Basadre, fue masacrado por el populacho. Monteagudo apareció misteriosamente asesinado por un esclavo negro. El valiente Camacaro murió de un lanzazo en guerra fratricida y su vencedor, Nieto –quizá el más noble hombre de armas que dio el Perú-, talvez envenenado. José Antonio Alvarado, el de la Campaña de Intermedios, terminó sus días postergado y en el olvido. Santa Cruz, el vencedor de Pichincha, ganador de una decena de batallas, fue exiliado y repudiado hasta en su propia patria. Bruix, el joven general francés que peleó por nuestra independencia, desapareció de la escena
misteriosamente. Andrés Rázuri, que con su iniciativa quizá decidió la victoria de Junín, vivió relegado hasta la ancianidad. Plaza, concluyó balaceado en una rebelión chalaca.
La lista es larga; tal vez el caso peruano más doloroso sea el de nuestro mariscal José Toribio de Luzuriaga –héroe de Buenos Aires contra los ingleses, héroe de Chile y de Bolivia y luego estrechísimo colaborador de San Martín- finó en la miseria, tras vender sus últimas medallas, se metió un tiro. Y cuando se escriba la historia del final de los intrépidos jefes de montoneras, más lamentable aparecerá el destino que sufrieron éstos próceres de la patria. Se verá desde un fraile y coronel, Bruno Terreros, ahogándose en el Mantaro por llevar los últimos sacramentos a un moribundo, hasta fusilados, ahorcados y desaparecidos.
En el campo de Ayacucho se citaron muchos de los mejores soldados de América. Quizás a ellos golpeó más duro la fatalidad, Sucre, el gran vencedor, acabó asesinado en su propia patria, a raíz de querellas intestinas, después de ser depuesto En Bolivia y sufrir otras desgracias. Córdova, el de la famosa carga “a paso de vencedores”, cayó partido a sablazos a causa de pugnas internas de su nación. La Mar, el jefe que sostuvo lo más recio del encuentro, acabó traicionado, derrocado de la presidencia del Perú y luego exiliado, muriendo poco después en la miseria y muy apesadumbrado. Gamarra, jefe de estado mayor, fue asesinado por la espalda en plena batalla fratricida de Ingavi, tras una turbia existencia. Medina, el que conducía el parte de la victoria de Junín a Bolívar, no llegó a Lima porque cayó victimado por indios realistas en Huanta. Miller, el de las 23 cicatrices ganadas un por una en las guerras peruanas libertarias, fue destituido, declarado enemigo
del Perú y exiliado. Y al retomar poco antes de morir, se le regatearon sus lauros y sus sueldos.
El silencio en la posteridad ha constituido otra forma de eliminar a los héroes: se los mató dos veces. Así, al coronel Marcelino Carreño, el peruano de mayor graduación que cayó en la batalla de Ayacucho, nadie lo recuerda; su nombre ni figura en los bronces conmemorativos de La Quinua; y se trata de un heroico montonero, admirado por Bolívar, que por años enteros había luchado bravamente. Igualmente, otro valiente montonero, Huavique, murió en duelo con Sarry. Ninavilca, de bandolero..
La historia oficial también ha condenado al silencio a Vidal, no obstante haber sido “el primer soldado del Perú”, según la opinión de sus contemporáneos. Peleó ininterrumpidamente por la causa libertaria en tierra y en mar, fue jefe de montoneros y de tropas, se jugó la vida cien veces, pero nadie lo recuerda pese a que llegó hasta Presidente en la época de la anarquía. ¿Por qué? Lo ignoramos. Pero no se estimula ni la virtud ni el patriotismo en las actuales generaciones.
Otros peruano en cambio hay que jamás pelearon y que terminaron entregándose a los españoles: la historia tradicional los exalta todavía en palacios, instituciones, plazas y avenidas.
No podríamos terminar sin un homenaje a los más preclaros libertadores. La fatalidad se enseñó con ellos. San Martín –con toda su gloria o por culpa de ella- sufrió desdén en su propia patria y luego vilipendio; habría de morir en el abandono casi total, en el ostracismo.
En cuanto a Bolívar, acabó con tesis y apasionados compatriotas intentaron asesinarlo en más de una ocasión. “Para que viva La Libertad hay que matar al Libertador”, proclamaban. Moriría en confinamiento forzoso. Había nacido dueño de una inmensa fortuna pero no se halló una camisa decorosa para sepultarlo.
Por cierto que no todos los libertadores tuvieron destino trágico; excepciones hubo. Pero,                   pensamos que nuestras conmemoraciones patrias no sólo deben ser motivo de desfiles, y jolgorio; también deben ser de reflexión en las promesas incumplidas, en la liberación  incompleta de nuestra patria y en el modo como la oligarquía colonial, filtrándose a la República, torció el sino de la historia peruana y acentuó la servidumbre interior y la dependencia externa.

El Perú profundo y el 28 de Julio de 1821

Juan José Vega


No sabemos si el porvenir reservará para el 28 de julio la misma trascendencia que hoy reviste esta efemérides. Tal vez la fecha conmemorativa patria se traslade en el futuro al 4 de noviembre o al 9 de diciembre. Días del inicio de la rebelión de Túpac Amaru y de la batalla de Ayacucho, respectivamente. En cualquier caso, el 28 de julio sólo marca la atadura de lazos de San Martín con parte de la aristocracia limeña, esfera hasta entonces virreinalicia hasta la médula; y que, casi toda, volvió a serlo, peleando contra Bolívar algún tiempo después. Esta nobleza oportunista, por cierto, nada tenía que ver con los valientes montoneros y siquiera con los círculos criollos de variados estamentos que venían batallando heroicamente o conspirando por la independencia en diversos sitios del Perú y aun América.

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Glorias y miserias del 28 de Julio

Juan José Vega
El 28 de julio de 1821 representa así el momento más alto del sector menos radical de la guerra separatista peruana.
El pacto con una fracción de la nobleza limeña no es achacable a San Martín. Fue el resultado de la realidad concreta que enfrenta. En muchos sentidos él hizo lo que pudo, si consideramos que su deber era doblegar a Lima y ganaría la causa separatista americana, por la cual luchaban, bajo otras condiciones, aquellos a quienes se debía, su ejército de Buenos Aires y el gobierno de Chile. Cierto que consiguió su objetivo mañosamente, en una “batalla blanca”. Pero a la verdad no podría haber actuado de otro modo. El no era un conquistador, sino un libertador. Nada habría ganado para la causa de América y de sus gobiernos libres con el incendio de Lima, tomándola a sangre y fuego

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La Independencia No llegó a las mayorías

Juan José Vega

 
Nuestro interés es reiterar que la decantada Independencia no llegó a las mayorías y sobre todo –esto es lo
esencial- no llegó a los conquistadores en siglo XVI. El poder del Estado apenas se desplazó, en la cúspide, de un sector a otro. Los quechuas, aymaras y selvícas empeoraron su situación en la República. Así acaeció porque el rico sector de propietarios criollos, antes medianamente frenado por las autoridades hispánicas, pasó a gozar, ya a plenitud del poder político. Este se sumó al poder económico del cual usufructuaban espléndidamente desde los tiempos coloniales; nacería republicano” a través de la hipócrita deformación de casi todas las leyes e instituciones.

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El diálogo de Punchauca: San Martín y el Virrey

Juan José vega
Conferencia de Punchauca, pintura anônima

Acatando este mandato, tras varias reuniones previas, exitosas, la cita de los “dos grandes” se inició muy bien en la casa-hacienda de Punchauca el 2 de junio de aquel año de 1821. Se adelantó San Martín a recibir a la cabalgata en que venía La Serna, que -gran señor- no lucía la banda virreinal. Se abrazaron. “Los liberales del mundo son hermanos en todas partes”, dijo el prócer de Buenos Aires, entendiéndose que las ideas primaban sobre los Estados y que, además, en Madrid dominaban los liberales (aunque a Riegosu revolución iba desembocándosele, a causa de los extremistas). Ambos jefes y todos los presentes se hallaron de acuerdo en que se instalase en el Perú un príncipe español. Hubo “mucha franqueza y buen humor”, relataría el General García Camba, y en efecto menudearon los brindis. El valiente general español Monet lo hizo incluso “parado en una silla” para otorgar realce a sus palabras. La Mar, que todavía combatía por España, dio su beneplácito. Igualmente Canterac, Comandante General del Ejército Virreinal. Así terminó la cena.

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En el Día de San Martín: El prócer y la aristocracia limeña

Juan José Vega

Constituye un recuerdo flameante del famoso Congreso de Tucumán (1816), donde -en plenas guerras contra España- se volvió a tratar de la necesidad de buscar un personaje de unidad para todo el movimiento insurreccional del continente, y ese hombre debía ser un principe incaico, según el criterio mayoritario de los doctrinarios que guiaban a los sublebados procedentes del Perú y otros muchos, siguiéndose la tesis del “mejor derecho”. Y al principio primó, por un buen apso, pero luego decayó. Sobre cualquier concepción monárquica, incaista u otras, pasó a primar el republicanismo. No obstante quedó el Sol en la bandera, como un símbolo unitario.

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Jamás quiso ser Rey: Imagen de San Martín

Juan José Vega
El general don José de San Martín, el que jamás quiso ser Rey, aunque pudo, gozaba en verdad de un señorío de mando propio de varios monarcas legendarios de la historia. Austero, tenía majestad. Sencillo en sus costumbres, en Lima a veces la gente se postraba a su paso, lo que le desagradaba, pero disimulando su fastidio solía levantar suavemente del brazo a los así hincados de sobremanera si de mujeres se trataba. Todas las cosas que de él se cuentan exhalan un halo de bondad. Quizá por eso pudo rodearse de apoyos tan disímiles; de montoneros indios a muchos marqueses limeños, incluyendo en el cuadro a los mestizos, negros, zambos, mulatos, sin excluir a españoles -incluso Generales- que a causa de sus ideas liberales combatían por la Independencia de América (Arenales y Cerdeña).

Quijote de la ley de la Constitución El Marical Domingo Nieto

Juan José Vega
Amo a mi patria más “que un joven loco a su querida”, expresó alguna vez un elegante alférez de montoneras que llegaría a Mariscal del Perú a los 39 años, tras varios victorias y heridas y luego de jugarse la vida en innúmeras ocasiones. Don Domingo. Nieto M´rquez es, por varias razones, nuestro personaje de la fecha.
El vizconde de Sartiges, un culto viajero francés, de paso por el Perú en 1834, escribió: “simple soldado en un principio, era por su valentía que Nieto había llegado al grado de general de división se citaba con elogio su lealtad y la firmeza de su carácter”.

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Fue el primer Mariscal del Perú: Luzuriaga acabó suicidándose

Juan José Vega

Gran Mariscal Toribio de Luzurriaga en Huaràz

Escasas figuras como el patriota Toribio de Luzuriaga alcanzan tanta altura durante las guerras de la Independencia Americana. La sola mención de sus títulos, en una época de continuo batallar, no deja dudas sobre sus méritos excepcionales: Primer Gran Mariscal del Perú, Mariscal de Campo de Chile, General de la Argentina y Comandante en Jefe de las Fuerzas de Guayaquil. Fue también, en Río de la Plata, integrante de la Academia General de Oficiales, Jefe del Estado Mayor General del Ejército Patriota e, interinamente, ministro de Guerra.

Los montoneros de la Independencia

Juan José vega
Los montoneros no han recibido todavía las páginas o el libro que se merecen. La Historia oficial, además, nunca se acuerda de próceres de la talla de Basilio Auqui o Marcelino Carreño, entre otros. Imposible nos sería resumir acá toda esa gesta popular. Por ello veamos aquí sólo un aspecto, que bastante nos guía para saber de dónde venían y cómo peleaban. Las narraciones como siguen fueron escritas durante los acontecimientos por personajes de gran importancia, dueños a la vez de singular cultura. Empecemos con el
entonces joven e ilustrado coronel inglés Guillermo Miller, jefe de toda la caballería patriota; hombre que combatió en todas las campañas de 1820 a 1825 en sierra y costa; guerrero al servicio de la causa del Perú, país al cual llegó a amar profundamente. Lo acreditó con veintitrés heridas.

Una heroína popular: María Parado de Bellido

Juan José Vega

Como se aprecia por la época de su sacrificio. María Parado y toda su familia eran de los muchos que desde 1820 alineaban con la causa libertaria, arriesgando a diario la vida en comarcas recuperadas por las tropas virreinales. Era ella una ayacuchana de probable origen morochuco, que colaboraba con los montoneros patriotas, especialmente de las tierras de Cangallo, que tan generosamente venían derramando su sangre por la Independencia y en pro de una justicia social vagamente señalada aún; se dirigían allí con caudillos propios, quienes, eran, generalmente, valentísimos y honestos (como los Auqui), lo cual merece que se recalque puesto que cierta historiografía condena en bloque todo el proceso emancipatorio. Para el caso específico de nuestra heroína, ella era enlace activo con las huestes guerrilleras, en concordancia con Lima. Se trataba de apoyar a las columnas enviadas desde la capital por San Martín a principios de 1822.

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LA EMANCIPACIÓN FRENTE AL INDIO PERUANO

Juan José Vega

No se si sea propio hablar de Derecho Indígena salvo respecto al incaico. Estimo inadecuado el término en referencia a la legislación protectora de la Colonia y de la República; y simplemente porque tal derecho no ha sido obra de los indios. Menos correcto aún creo que es emplear el término indigenista, porque sobran disposiciones contrarias al indio en sus fines y en su esencia. Tampoco Derecho Indio, por la misma razón que se rechaza Derecho Indígena. Tal vez el término más adecuado sea el de Indiano. Es bien cierto que este vocablo posee en su contenido jurídico una raigambre española y colonial demasiado profunda, pero, en verdad, la posición del legislador republicano es, exactamente, la misma que la del legislador español, porque la ley indiana, enambos casos, tanto hoy como durante el Virreinato, regula las relaciones económicas y sociales entre dos grupos igualmente diferenciados: criollos occidentalizados en diversos grados e indígenas. Es siempre, actualmente como ayer, la misma ley generalmente protectora y, a menudo, ineficaz. En la ley indigenista republicana no existe diferencia radical con la ley indiana española, ni por el hombre que le da ni por el hombre a que se la destina, ni en sus fines ni en su forma. En esto, como en tantas otras cosas, la Colonia se ha mantenido viva en la República. ¿Por qué cambiarle entonces de nombre y llamar indígena a una ley que no es obra de los indios? ¿Por qué llamarle indigenista, cuando ha sido amenudo anti-indigenista? Si ha existido algún Derecho Indígena ha sido el del Tawantinsuyu y el de las culturas preincaicas. Pero no lo es, en modo alguno, el creado por los hispanidas afincados en elNuevo Mundo.

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Ayacucho: La otra historia

Juan José Vega

 La batalla de Ayacucho, que definió la Independencia de América, no es una excepción en estas apreciaciones. Al contrario. En las descripciones que hemos leído del célebre encuentro se olvida que el Perú fue doblemente vencedor en la batalla de Ayacucho. Doblemente vencedor de nuestra patria ganaron
combatiendo al lado de hombres de otros pueblos americanos, todos bajo las banderas bolivianas de Antonio José de Sucre. Mas el Perú ganó también esa batalla con otros de sus hijos, aunque trágicamente. Nos referimos a los patriotas que llevando a la fuerza el uniforme virreinal, a su modo, actuaron subrepticiamente en el seno mismo del ejército de Fernando VII, el del Rey de España, conspirando, negándose a combatir, desertando y, Por último, sublevándose a tiro, limpio ese 9 de diciembre de 1824.

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Un héroe popular “El tuerto” Pedro Obaya

Juan josé Vega
Pedro Obaya fue uno de los próceres de las luchas precursoras por la Independencia del Perú y de América; sin embargo, es un desconocido en la Historia Oficial de nuestra patria.
Nació en Lampa, Puno. Era mestizo y seguramente arriero, a juzgar por sus costumbres y conocimientos. Y si consideramos la confianza que le fue mostrada por los Túpac Amaru en marzo y abril de 1781, Obaya (a quien le decían “El Tuerto”, por faltarle un ojo) debió ser de los conspiradores iniciales al lado del radores iniciales al lado del “Inca” José Gabriel en los días de Tungasuca.

Recuerdo del "Inca-Rey" en su sacrificio Los dos Túpac Amaru

Juan José Vega
Tupac Amaru, dibujo de Josué Maguiña

La muerte del caudillo máximo no significó, pues, el fin de la gran sublevación andina, que cubrió territorios pertenecientes hoy a cinco Repúblicas. Al contrario; el martirio atizó más las esperanzas en un gran cambio social así como el empeño de combatir para alcanzarlo.
Justo es por ello recordar ahora al sucesor en la conducción del alzamiento, a Diego Cristóbal Túpac Amaru, dirigente que a los 29 años asumió semejante responsabilidad; prócer vetado en la misma Historia Oficial, líder bajo cuyo mando se alcanzaron las metas sociales más amplias, con la liberación total y no parcial de los esclavos negros y la aceleración de la toma de las tierras por los campesinos, entre otros puntos. A la vez, se lograron significativas victorias, mayores que las de Sangarará sobre vastas latitudes; glorias también silenciadas.

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